Este escenario natural, rodeado por la Cordillera de los Andes y el contraste del cielo diáfano del altiplano, ofrece una postal que remite a los desiertos africanos, pero con identidad catamarqueña. Las Dunas de Fiambalá, con alturas que superan los 1.200 metros, son un verdadero desafío para quienes practican sandboard, trekking o travesías en 4x4.
El lugar forma parte del Circuito del Oeste Catamarqueño, una ruta turística que combina aventura, cultura ancestral y bienestar. Desde el oasis de Fiambalá —famoso por sus termas naturales— hasta los pasos cordilleranos hacia Chile, la experiencia propone un viaje que une paisajes desérticos, pueblos puneños y valles fértiles, en una de las geografías más impactantes del país.
El auge del turismo activo y sustentable impulsó a Catamarca como uno de los destinos emergentes más valorados del norte argentino. Las agencias locales ofrecen excursiones guiadas para ascender las dunas al amanecer o al atardecer, cuando los tonos del paisaje cambian del dorado al violeta y el viento modela nuevas formas cada día.
Además del sandboard, se organizan experiencias fotográficas, vuelos en parapente y recorridos en bicicleta por los médanos más accesibles. La zona también atrae a viajeros que buscan silencio, desconexión y contacto con la naturaleza, en un entorno sin contaminación visual ni sonora.

El punto de partida hacia las dunas es Fiambalá, un pueblo rodeado de viñedos de altura y conocido por sus termas naturales, que alcanzan temperaturas de hasta 50 °C y se ubican en medio de un cañadón rocoso. Esta combinación de desierto y agua termal convierte a la región en un refugio ideal para el descanso después de la aventura.
La comunidad local conserva tradiciones diaguitas y atacameñas, presentes en su gastronomía, su artesanía y su hospitalidad. Quienes visitan la zona suelen recorrer además el Museo del Hombre, dedicado a la cultura precolombina, y los antiguos pueblos mineros que narran la historia del oeste catamarqueño.
Las Dunas de Tatón y Fiambalá fueron declaradas de interés turístico y ambiental por la provincia, con el fin de preservar su frágil ecosistema y promover un modelo de turismo sustentable. En los últimos años, Catamarca desarrolló infraestructura básica para visitantes, mejoró los accesos y capacitó a guías locales especializados en turismo aventura y naturaleza.
Así, el “Sahara argentino” no solo deslumbra por su belleza, sino que también se consolida como un símbolo del turismo responsable y de experiencias auténticas. Entre montañas, silencio y arena infinita, Catamarca demuestra que no hace falta cruzar océanos para vivir una aventura digna de los grandes desiertos del mundo.










