El turismo de asilo convirtió lo macabro en espectáculo público
Jueves, 09 Abril 2026 04:17

El turismo de asilo convirtió lo macabro en espectáculo público Foto: Crystalbridges

Increíble pero real, incluso no muy atrás en el tiempo, se trata de una práctica turística desterrada y que nadie quiere retomar. A fines del siglo diecinueve, los hospitales psiquiátricos de Estados Unidos y Europa vivieron una práctica tan cruel como popular al abrir sus puertas al público para que los visitantes pagaran entrada para observar a los pacientes ahí internados como una suerte de zoológico humano.

Este fenómeno, en su momento conocido como turismo de asilos, reflejaba una sociedad fascinada por la locura y, al mismo tiempo, profundamente ignorante sobre la verdadera gravedad de las patologías que afectan a la salud mental de los pacientes y generan tanta tristeza como desazón en sus familiares y seres queridos.

Uno de los casos más recordados fue el del asilo de mujeres de Blackwell’s Island, en Nueva York, donde multitudes recorrían los pabellones como si fueran atracciones de feria. Los visitantes pagaban una tarifa para ver cómo vivían y eran tratados los internos, sin ningún tipo de límite ético ni respeto por su dignidad. En palabras de la historiadora Janet Miron, “las instituciones funcionaban como un espejo distorsionado de la moral pública: se exhibía el sufrimiento como una lección de orden social”.

La práctica salió a la luz en 1887, cuando la periodista Nellie Bly se infiltró como paciente para denunciar las condiciones inhumanas del asilo. Fingió un colapso mental, fue internada y pasó diez días observando de cerca la realidad que el público no veía detrás de las visitas controladas. Su investigación, publicada en el New York World, reveló golpizas, hacinamiento, comida podrida y maltrato sistemático, provocando un escándalo que derivó en reformas históricas de la atención psiquiátrica en Estados Unidos.

La investigación de Bly reveló

Según el investigador Troy Rondinone, autor de Nightmare Factories: The Asylum in the American Imagination, los manicomios del siglo diecinueve “reflejaban el miedo de la sociedad a la diferencia y la pobreza”. Los tratamientos incluían sangrías, duchas heladas y aislamiento, mientras los directores justificaban la apertura al público como una forma de “supervisión social”. En realidad, el turismo de asilos funcionaba como una forma de control y entretenimiento, dirigida principalmente a las clases altas urbanas.

La visita a estos lugares no solo alimentaba la curiosidad morbosa, sino también un sentimiento de superioridad: los visitantes salían convencidos de su propia cordura y del orden del mundo exterior. En Bedlam, el histórico hospital psiquiátrico de Londres, se calcula que más de 90.000 personas al año pagaban una entrada para presenciar escenas de encierro y desesperación.

La experiencia de Bly marcó un antes y un después en el periodismo de investigación y en la historia del tratamiento de la salud mental. Su obra Diez días en un manicomio expuso el costado más oscuro del turismo macabro y del sistema psiquiátrico de la época.

Con el tiempo, los manicomios cerraron sus puertas al público, pero la lección de aquella etapa sigue vigente: el turismo, cuando se aleja de la empatía, puede convertir la tragedia ajena en espectáculo. La historia de Nellie Bly recuerda que ver no siempre es comprender, y mirar sin compasión puede ser otra forma de violencia.